He aprendido que no debo relajarme nunca. Bajar la guardia significa aumentar las posibilidades de acabar herida y eso no es bueno. Debo ser como las langostas, que esconden su carne blanda y deliciosa bajo un robusto caparazón. Yo debo fabricarme uno a medida, tejer ramitas a mi alrededor para que nadie pueda alcanzarme jamás. Quiero ser fuerte como ellas, con sus naricillas alzadas al cielo, sin miedo, dueñas de sí mismas. Me encanta cuando una chica menuda lleva una coleta alta y sus orejitas... read more